Don’t look back, lonesome boy

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Pausada, pacientemente lo hemos olvidado todo
Cuando sobre la cama hacíamos tembar los clavos
y tú subias murmurando, gimiendo como una espuma dulce
Y sonaba la guitarra en el radio, por debajo de las voces
Creíamos (al menos yo creía) en las fuerzas de nuestros brazos,
En la minuciosa precisión a toda prueba de nuestras vacilantes líquidas memorias
En el poder absoluto de los poemas que escribí
Cuando brincaba descalzo de la cama y a tientas
Mientras tu dormías
Garabateaba en cualquier papel, en un libro
Cuántas palabras hermosas, graves, urgentes quedaron olvidadas
Entonces yo creía que sólo bastaba escribir ruda, impúdicamente

Amarte,
que las cosas eran así, que serían así mientras tú estuvieras dormida, desnuda 
Mientras yo tuviera a mano un pedazo de papel, la pared del cuarto
Cualquier rincón en blanco del planeta;
entonces creíamos en la guitarra, la maldita
guitarra continuaría tocando aún
Esta noche he visto lo poco que pagan por la vida
y tu y yo lo ignorabamos
Esta noche una sombra, cualquier sombra,
Basta para apagar aquel fuego fuerte, indestructible, eterno
Cualquier viento sur bastaría para apagar mi voz
La memoria es un agua que se agota
y no podemos (al menos, yo no puedo)
Recordar, por ejemplo, aquella otra noche
Que nos pareció particularmente habitada solo por ti y por mi y las palabras
(¿Llovía? ¿Teníamos qué? ¿Cuánto nos dijimos?)
Ciega mirada la del hombre que vuelve su rostro al pasado
Porque olvida dos veces;
Qué patético es el que intenta mirar con amor las cenizas del amor;
Tan patético como esos payasos que, enloquecidos, en la noche,
En medio de la carpa desierta,
Contorsionan su cuerpo
Y lanzan su voz estridente contra las gradas vacías

Luis Rogelio Nogueras
Wichy

Suscrito por mi hoy

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Published in: on abril 28, 2009 at 6:03 pm  Comentarios desactivados en Don’t look back, lonesome boy  
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Habana, Cementerio de Colón, 500pm

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Published in: on abril 22, 2009 at 1:53 pm  Comentarios desactivados en Habana, Cementerio de Colón, 500pm  
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Las estrellas inclinan, pero no obligan (eso, a veces)

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Septiembre es un mes embrujado.

Lo afirmo yo; que presumo de cientificista, agnóstico y racionalista; que milito en las huestes de defensores de Descartes y Bacon. Yo; que asumo poses de dialéctico a ratos y materialista ocasional; y que critico el diseño inteligente en los blogs que se escriben en la legnua de Shakespeare. Yo, para mi verguenza pública, no tengo otro remedio que admitirlo: Septiembre es un mes embrujado.

Por allá por los albores de mi infancia-temprana-adolescencia se inicia la sucesión meramente estadística, pero de profundos ribetes emocionales, que me obliga a llegar a conclusiones tan radicales. Comienza con un hecho tan trivial como el primer flechazo, aquel primario caminar flotando, soñar despierto, ah! c’est le amoure, de besos furtivos y escasos. Empieza con aquella amiguita que en las noches de verano de la casa de su primo se robaba mis taquicardias y mi saliva, y que me parcecía tan definitiva a mis ingenuos 9 años. Ella había nacido un 14 de septiembre, fecha afortunada para recordar por lo cercano de los comienzos de curso y que los rivales escolares aprovechaban para intentar competir conmigo en regalos de artesanía y versitos fáciles.

Un día rompimos las libretas de versos, los lazos, las visitas y los cartones donde habíamos escrito al sol con una lupa “yo soy tuyo”. Dejamos de saludarnos y comenzamos caminar por la vida de la adolescencia separados. Ella se había ido, pero no Septiembre. Ese sólo me había dado un respiro, porque no me enamoré en serio de nuevo hasta la universidad.

Un día regresó Septiembre en los ojos y flequillos de una muchacha misteriosa, que de pronto una madrugada se bajó tras de mi de la ruta 195. En medio de la nada y de la noche y con cara de no entender me preguntó que diablos iba a cojer yo en ese lugar para llegar a la Cujae. Le expliqué, y desde ese día compartimos desde las 5 de la mañana de lunes a viernes un frío banco en un parque y los primeros tiquets de la guagua que hacía el viaje Naval – Cujae. Casi siempre solos en ese banco del reparto Camilo cantamos mucho a Silvio o hablamos de las zapatas, encofrados y vistas en planta de los edificios que sus profesores le pedían diseñar. Pero ella no me correspondía y un mal día el Calculo II la alejó de la Facultad de Ingeniería Civil y de mí, y dejamos de vernos por mucho tiempo.

No pretendo aburrirlos… después de eso Septiembre ha regresado varias veces, algunas deliciosamente innombrables o imposibles, otras como promesas, otras como trucos demostrativos de la fuerza del zodiaco. Virgo rige con indemostrada fuerza los primeros días de ese mes en los que el sol tiene la cálida y predecible costumbre de entrar en los límites de esa constelación a partir del 23 de agosto para no salir hasta una fecha no clara cercana al 24 de Septiembre. Días estos que han sido suficientes para darme más de cien motivos para cortarme o no cortarme de un tirón las venas.

Por eso ahora, que termino de recuperarme del último incontado encontronazo con Septiembre y a pesar de mi marxista desprecio por lo esotérico, me ha aparecido la extraña costumbre de preguntar a cuanta chiquilla interesante conozco:

– Chula, ¿Que signo tu eres?

Published in: on enero 27, 2009 at 1:42 pm  Comments (51)  
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